Decapitaciones,
crucifixiones, masacres, entierro de víctimas vivas y limpieza étnica y
religiosa. Estado Islámico (EI) se ha convertido en sinónimo de brutalidad.
Pese a que la crueldad le
pueda parecer un sinsentido a la mayor parte de los seres humanos civilizados,
para EI es una elección racional. Es una decisión consciente para atemorizar a
los enemigos e impresionar a nuevos reclutas.
EI sigue una doctrina de
guerra total, que no acepta arbitrajes o compromisos en lo que se refiere a arreglar
disputas incluso con rivales islamistas sunitas.
Al contrario que la
organización al Qaeda, con la que estaba emparentada originalmente, EI no
intenta escudarse en la teología para justificar sus crímenes.
La violencia tiene su
origen en lo que puede ser identificado como dos oleadas previas, aunque la
escala y la intensidad de la brutalidad de EI excede cualquiera de las dos.
Para EI, el uso de
métodos brutales es una elección racional.
La primera, encabezada
por los discípulos de Sayyid Qutb, un islamista radical egipcio visto como el
teórico principal del yihadismo moderno, se enfocaba en los régimenes árabes
prooccidentales o lo que llamaba el «enemigo cercano» y, por lo
general, mostraba más templanza en el uso de la violencia política.
Esta insurgencia
islamista que surgió con el magnicidio del presidente egipcio Anwar Sadat en
1980, se disipó a fines de la década de 1990.
Para entonces, ya se
había cobrado unas 2.000 vidas y había visto partir a un amplio número de
militantes hacia Afganistán para combatir a un nuevo enemigo global, la Unión
Soviética.
El enfrentamiento de la
Yihad afgana contra los soviéticos dio lugar al nacimiento de una segunda
oleada enfocada específicamente en el «enemigo lejano»: Estados
Unidos o, en una menor medida, Europa.
El movimiento estaba
encabezado por un adinerado saudita convertido a revolucionario: Osama Bin
Laden.
Se cree que cientos de
yihadistas se han sumado a las filas de EI en las últimas semanas.
Bin Laden hizo grandes
esfuerzos para racionalizar los ataques de al Qaeda del 11 de septiembre de
2001 en Estados Unidos, al calificarlos de «yihad defensiva» o
represalia contra la percepción de dominación estadounidense por parte de las
sociedades musulmanas.
Consciente de la
importancia de ganar corazones y mentes, Bin Laden vendió el mensaje a los
musulmanes -e incluso a los estadounidenses- de que fue un acto de autodefensa
y no una agresión.
Sin embargo,este tipo de
justificaciones no tienen ningún peso con el líder de EI, Abu Bakr al Baghdadi,
a quien no le puede importar menos lo que el mundo piense del derramamiento de
sangre llevado a cabo por su grupo.
De hecho, él y sus
compañeros se deleitan con la visualización de la barbarie y con la impresión
que dan de salvajes.
A diferencia de las dos
primeras oleadas, EI destaca la acción violenta sobre la teología y la teoría,
y no ha producido ningún repertorio de ideas para mantener y nutrir su base
social. Es una máquina de matar propulsada por sangre.
Más allá de la doctrina
de Bin Laden de que «cuando la gente ve un caballo fuerte y un caballo
débil, por naturaleza les gustará el caballo fuerte», la estrategia de al
Baghdadi de «la victoria a través del terrorismo» da la señal a
amigos y enemigos de que EI es un caballo ganador. Sería el equivalente a decir:
salga del camino o le aplastamos; únase a nuestra caravana y haga historia.
Cada vez hay más
evidencias que muestran que, en los últimos meses, cientos si no miles de
islamistas acérrimos antiguos enemigos de EI, como el Frente al Nusra y el
Frente Islámico, respondieron al llamado de al Baghdadi.
Una sofisticada de
campaña de EI hace un llamamiento a los jóvenes sunitas descontentos y
desengañados de todo el mundo, ya que se presenta como un poderoso movimiento a
la vanguardia que ofrece la victoria y la salvación.
Lejos de aborrecer la
brutalidad del grupo, los jóvenes reclutas se sienten atraídos por sus tácticas
de conmoción y pavor contra los enemigos del Islam.
La idea de un nuevo
califato atrae a muchos jóvenes.
Sus hazañas en el campo
de batalla, especialmente su avance en enormes extensiones de territorio en
Siria e Irak, y el establecimiento de un califato, resuenan aquí y allá.
El éxito y los últimos
avances militares de EI han generado un aumento en los reclutamientos.
Musulmanes de países
occidentales se suman a las filas de EI y otros grupos extremistas porque se
sienten parte de una gran misión para resucitar un idealizado califato perdido
y ser parte de una comunidad unida con una potente identidad.
Inicialmente, muchos
jóvenes de Londres, Berlín, París y de otras partes emigran a las tierras de la
yihad para defender a quienes comparten su religión y son perseguidos, pero
acaban en las garras de EI, haciendo las mismas acciones brutales como la
decapitación de civiles inocentes.
Los orígenes de lo que
mueve el extremismo desenfrenado de EI puede remontarse a al Qaeda en Irak, que
estaba liderado por Abu Musab al Zarqawi, quien murió a manos de
estadounidenses en 2006.
No tan diferente de su
predecesor, EI se alimenta de una dieta antichiíta y de un odio visceral a las
minorías en general, que se retrata a sí mismo como la punta de lanza de los
árabes sunitas en la lucha contra los regímenes sectarios de Bagdad y Damasco.
Al Zarqawi y Al Baghdadi
ven a los chiítas como infieles, una quinta columna en el corazón del Islam que
debe ser aniquilada desde una visión del mundo genocida.
Siguiendo los pasos de al
Zarqawi, al Baghdadi ignoró las súplicas reiteradas de su mentor, Ayman al
Zawahiri, jefe de al Qaeda, y de otros líderes militantes para evitar la
matanza indiscriminada de chíitas y, por el contrario, atacó a los régimenes
dominados por chíitas y alauitas de Irak y Siria.
¿Miras a EE.UU.?
Al explotar la
profundización del distanciamiento entre chíitas y sunitas en Irak y la guerra
civil sectaria en Siria, al Baghdadi construyó una base potente de apoyo entre
los rebeldes sunitas y ha mezclado a su grupo con las comunidades locales.
También reestructuró su
red militar y nombró a oficiales experimentados del desmembrado ejército de Sadam
Hussein que convirtieron a EI en una fuerza de combate sectaria profesional.
El líder de EI amenazó
con matar a las tropas estadounidenses que vayan a Irak.
EI se ha centrado hasta
ahora en los chíitas y no en el «enemigo lejano». La lucha contra
Estados Unidos y Europa es distante y no una prioridad; tendrá que esperar a la
liberación doméstica.
Durante los bombardeos
israelíes en Gaza del pasado agosto, los militantes criticaron en las redes
sociales a EI por matar a musulmanes mientras no hacían nada para ayudar a los
palestinos.
EI replicó al decir que
la lucha contra los chíitas era prioritaria sobre cualquier otra cosa.
Ahora que EE.UU. y Europa
se han unido en su lucha contra EI, el grupo tendrá que usar todas sus fuerzas
en retaliar, incluyendo más decapitaciones a rehenes. Hay también una creciente
probabilidad de que ataque objetivos diplomáticos vulnerables en Medio Oriente.
Pese a que pueda querer
llevar a cabo una operación espectacular en suelo continental estadounidense o
europeo, es dudoso que EI tenga actualmente la capacidad de llevar a cabo
ataques complejos como el 11S.
Hace unos meses, en
respuesta a conversaciones entre sus seguidores, al Baghdadi reconoció que su
organización no estaba preparada para atacar a los estadounidenses en su propia
casa.
Sin embargo, dijo que
deseaba que EE.UU. desplegase tropas en su territorio para que EI pudiera
confrontar directamente a los estadounidenses y matarlos.
¿Es posible explicar la crueldad extrema de Estado Islámico?
10/Sep/2014
BBC Mundo, Fawaz A Gerges, London School of Economics